sábado, 19 de marzo de 2011

Luz equinoccial transfigurante en San Juan de Ortega

LUZ EQUINOCCIAL TRANSFIGURANTE EN SAN JUAN DE ORTEGA
Ángel Almazán -  En Soriaymas el 24/09/2009


En la iglesia del monasterio burgalés de San Juan de Ortega, en pleno Camino de Santiago, acontece el denominado “milagro de la luz” cada equinoccio, sobre el que versa este artículo de Ángel Almazán.
 


En la iglesia del monasterio burgalés de San Juan de Ortega, en pleno Camino de Santiago, acontece el denominado “milagro de la luz” cada equinoccio, siempre que las nubes no oculten al sol, cuyos rayos equinocciales iluminan de corrido, en el arco de triunfo del ábside septentrional, al triple capital románico del ciclo navideño en el que se representa a la Anunciación de Gabriel a María, la Visitación con abrazo de las dos primas (Virgen María y Santa Isabel que canta el Magnificat), Nacimiento de Jesús con partera incluida, Sueño de San José en el "Mundus Imaginalis" apoyándose en un bastón, y la epifanía a los pastores con la declaración angelical del "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.


Este fenómeno lumínico buscado por los constructores que alzaron y situaron el ventanal de la fachada oriental en el lugar oportuno, fue divulgado en 1974 por Jaime Cobreros y Juan P. Morín en su magnífica obra "El Camino Iniciático de Santiago". Posteriormente, en 1983, Cobreros publicó un ensayo específico en la revista "Cielo y Tierra" que puede leerse online en la revista digital Soriaymas.com, por lo que intentaré no repetir conceptos allí ya expresados.

Antes de nada quiero resaltar el extraordinario parecido formal existente entre estos tres capiteles y su, al parecer, precedente soriano en una dovela de la tercera arquivolta de Santo Tomé-Santo Domingo, aunque la mayores similitudes se encuentran en un capitel del baldaquino derecho de San Juan de Duero. El ciclo completo de la Infancia de Jesús labrado en Santo Tomé “debió basarse en un icono o miniatura transmitida desde Bizancio”, según la tesis doctoral de Esther Lozano López, tal y como he señalado en una serie de artículos sobre esta iconografía en Soriaymas.

Allí indico que Santo Tomé parece ser que debió construirse entre 1170 y 1188. En la "Enciclopedia del Románico de Castilla y León" se fechan los baldaquinos de San Juan de Duero antes de 1190, aunque algunos autores los datan a comienzos del s. XIII. Asimismo, en esta misma "Enciclopedia" se afirma que la parte románica de San Juan de Ortega debió finalizarse a principios del s. XIII.
Así que cabe preguntarse si el mismo taller de escultores estuvo presente en San Juan de Duero (monasterio de los Hospitalarios de San Juan) y en San Juan de Ortega. La presencia de los sanjuanistas en las cercanías del monasterio burgalés podría ser, en mi opinión, el enlace histórico que explique esta iconografía prácticamente idéntica (en 1126 Alfonso VII donó a los sanjuanistas la villa de Atapuerca, que sería sede de una encomienda a finales de esa centuria). La misma cofradía de canteros trabajaría al auspicio o amparo de los sanjuanistas.

Asimismo reseñaba en Soriaymas que diversos elementos iconológicos del ciclo de la Natividad y la Infancia de Santo Tomé tienen su referente en textos no canónicos al basarse en relatos de evangelios apócrifos, especialmente el "Pseudo-Mateo", pero también posiblemente en el "Protoevangelio de Santiago" y el "Libro de la Infancia del Salvador".
Pero lo más interesante del triple capitel columnario de San Juan de Ortega –aparte de la profunda simbología religiosa, teológica y esotérica de lo que tales imágenes relatan- es la iluminación solar que transfigura la piedra en los equinoccios de primavera y otoño.

Otro caso similar acaece igualmente durante las mismas fechas astronómicas en la iglesia zamorana de Santa Marta de Tera, aunque en este segundo caso es sobre un capitel mariano del ábside que es iluminado por un haz de luz poco antes de las ocho de mañana, hora solar, mientras que en San Juan de Ortega es hacia las cinco de la tarde, hora solar, durante unos ocho minutos.

“El sol es la imagen del Bien Supremo tal como se manifiesta en la esfera de las cosas sensibles”, escribió Platón. El astro rey es la mayor de las teofanías visibles y de ahí que haya sido, en todas las culturas y tiempos, lo que mejor ha simbolizado el arquetipo de la divinidad en tanto de Luz de luces. Incluso Cristo fue alegorizado como el Sol de Justicia que, según el profeta Malaquías, “con sus rayos traerá la Salvación”.

El periplo astronómico del sol, con los solsticios y equinoccios como “puertas del cielo” que han originado conceptos simbólicos sobre la encarnación de las almas en la Tierra y sus estados póstumos, tiene un especial simbolismo en las logias de constructores medievales e incluso en la francmasonería especulativa. Los dos Juanes (el Bautista y el Evangelista) se sitúan en el entorno de los solsticios (la Natividad tiene lugar, además, el 25 de diciembre) y los arcángeles Gabriel y Miguel en el de los equinoccios de primavera y otoño respectivamente.

Pero es que, además, rondando el equinoccio primaveral la liturgia sitúa igualmente la conmemoración del Misterio de la Anunciación y, por tanto, de la concepción virginal del Cristo por medio del Espíritu Santo, concepción que pintores medievales como Fray Angélico han representado mediante un haz de luz que, desde la paloma celestial emblemática del Espíritu Santo parte hacia el vientre inmaculado de María. Y esto último, precisamente, es lo que nos rememora el “milagro de la luz” de San Juan de Ortega al iluminar la Anunciación y el resto del ciclo de la Natividad, para que, contemplándolo meditemos sobre estos Misterios cristianos y nuestra alma se sienta como arrobada y ascienda hacia la Luz de Luces, propiciando así lo que el Maestro Eckhart calificaba de “nacimiento eterno” del Verbo en la virginal y purificada alma humana.
"Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él está la Vida, y la Vida es la Luz de los hombres…”, desvela en Evangelio de Juan en su prólogo con una terminología apropiada para su auditorio helénico. Más adelante, en el capítulo 8, el Cristo nos dice: "Yo soy la Luz del Mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la Luz de la Vida."

De tales versículos surgiría toda una teología de la luz que, en lo concerniente a Occidente sería expresada por Dionisio Areopagita y San Agustín recurriendo en buena parte a la mística de la luz neoplatónica, testimonios que serían posteriormente implantados en Francia a través del monje irlandés Juan Scoto Eriugena en el siglo X, desde donde irradiaría por toda Europa, alcanzando su culmen en el arte y la liturgia del norte peninsular ibérico durante los tres siglos posteriores, según la tesis doctoral de Alfons Puigarnau sobre la Imago Dei y Lux mundi en el siglo XII. Esta teología de la luz del cristianismo neoplatónico, si se me permite el término, podría ser el marco conceptual -religioso, filosófico y esotérico- que explicaría el por qué de este “milagro de la luz” pétreo que estamos comentando.


Nota: Las imágenes de la luz equinoccial que acompañan este artículo fueron tomadas por José Alberto de Quintana de León.

Este artículo ha sido escrito por su autor para el primer Boletín de Templespaña otoñal de 2009.

Enlaces relacionados:
Artículo de Jaime Cobreros
Santo Tomé-San Juan de Ortega
Vídeo en Youtube 

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